Ni el propio doctor James Naismith podía imaginar en 1890, cuando ingresó en el Springfield College de Massachusetts, que el juego que él iba a inventar pocos meses después con el único fin de tener entretenidos durante los meses de invierno a un grupo de estudiantes se iba a extender arrolladoramente por todos los Estados Unidos, iba a saltar a Europa y a propagarse luego vertiginosa, imparable y entusiásticamente por todo el mundo, hasta el punto de convertirse en uno de los primeros deportes. Como una revolución internacional. Como una religión que pasase incluso por encima de las barreras del racismo, de los credos de otras muchas religiones, de la frialdad de los agnósticos y del escepticismo de los que consideraron que aquel deporte de la canasta, del cesto que proporcionó un día un bedel de colegio, porque no tenía a mano el par de cajones que le pedía el profesor Naismith, era más, mucho más, que un simple entretenimiento para señoritas.
Aquel juego que nació realmente en 1891 y del que realizó un autentico apostolado la Young Men’s Christian Association (YMCA), a la que pertenecía el Springfield College en un rincón de Nueva Inglaterra, mueve hoy ciento- de millones de dólares en publicidad, televisión, prensa y radio; se juega en los cinco continentes, tiene sus correspondientes federaciones en 162 países del mundo- que están inscritas en la FIBA-, es practicado por más de dieciocho millones de jugadores de todas las razas y credos, bajo todos los regímenes políticos, económicos y sociales del globo, y disfrutan de él más de cien millones más, que paralizan ciudades y naciones y medio mundo, incluso, con motivo de las grandes confrontaciones a nivel de campeonatos continentales, mundiales u olímpicos.
Sí, efectivamente, James Naismith estaba muy lejos de imaginar hace ahora un siglo- menos un lustro, para ser exactos- que el juego que él iba a inventar para mantener el interés de un puñado de estudiantes iba a traer de cabeza a medio mundo. (Cuando, en 1890, ingresé en el Springfield College no existían más juegos que el fútbol en otoño, el béisbol en la primavera y, en el invierno, las barras paralelas y otros aparatos del gimnasio que ni les interesaban, ni les gustaban, ni divertía a los muchachos. Había que inventar algo que cumpliese estas condiciones, que gustase, que divirtiese y, por tanto, que interesase..., y que no tuviese nada que ver con el boxeo, la esgrima, la lucha y la natación, que acaparaban la atención de algunos solo. Nos reunimos- explicó Mr. Naismith- y el doctor Gulick terminó diciéndome: “James, aquí tienes la oportunidad de inventar ese juego nuevo del que siempre me hablas...”
Ensayamos una especie de fútbol americano en cancha, pero hubo que abandonar por el número considerable de pierna y brazos rotos; probamos con el fútbol inglés y no dejamos ni un cristal sano en ninguna ventana... Había que buscar el gol por otros caminos menos violentos y costosos, y me fui con mis pensamientos a los tiempos de mi infancia y recordé un juego de niños llamado ‘Pato en la roca’. Se trataba de colocar una piedra del tamaño de un puño encima de una roca, mientras los demás jugadores, por turno, intentaban luego quitarla. Empecé a darle vueltas. Y si se sustituyese la piedra por un balón y la roca por una “portería” pequeña, pero colocada de forma que no la pudiera cubrir el portero, porque esto anularía la posibilidad de marcar...
¡Quizá en el aire, horizontal, naturalmente, y en posición elevada!
Había que coger ideas de otros deportes; pensé en el rugby inglés, en el polo, en el waterpolo... Nos pusimos manos a la obra e hicimos las reglas del juego: trece. Bajamos al gimnasio para ensayar y le pedimos al conserje dos cajas cuadradas de unas 18 pulgadas. “Cajas, no; sólo tengo dos cestos viejos para melocotones.” Como no había otra cosa, clavé uno a cada lado de la galería, a diez pies del suelo, y... ¡así nació el baloncesto!

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